29 de junio de 2012

«Tenía los dedos rojos de la violencia con la que tocábamos» – Entrevista a Miguel Ángel Estrella

El pasado sábado 23 de junio en el Aula Magna “Salvador Allende” de la Universidad Nacional del Comahue, el Maestro y Pianista Miguel Ángel Estrella se presentó con el Cuarteto “Dos Mundos”, en el marco de las celebraciones por los 40 años de la Casa de Altos Estudios.

El conjunto, además de Estrella, está integrado por Raúl Mercado en aerófonos y charango, Omar Espinosa en Guitarra y Javier Estrella en Percusión.

La presentación de Estrella surgió a iniciativa de la Secretaría de Extensión Universitaria – Cultura- a partir de la Secretaría de Cultura de la Nación- Dirección Nacional de las Artes con el programa Cultura en la Universidad. Este concierto se desarrollará en el marco de los festejos por los 40 años de la Universidad Nacional del Comahue.

Minutos antes de dar inicio al concierto, Estrella conversó brevemente con Prensa UNCo, con el compromiso de darle continuidad a la entrevista vía correo electrónico.

La charla se planteó sobre tres únicos ejes: el Cuarteto, sus primeras experiencias dando conciertos en la cárcel y su relación con la Orquesta Infanto Juvenil de Cuerdas de Cutral Co, formación con la que tocó Estrella el 4 de noviembre de 2009. De ese concierto se generó una relación muy fuerte entre los chicos y Estrella y ya fueron varias las oportunidades en las que tocaron juntos. Este punto quedó pendiente para la nueva nota.

En la entrevista se ha dejado el testimonio de Miguel Ángel Estrella, a fin de respetar al máximo, sus palabras.

“Dedos rojos”

En Neuquén hace 15 años, calculo, estuvimos tocando con el Cuarteto con otra formación. Creo que estaba José Luis Castiñeira de Dios. Fue uno de los creadores del conjunto y tocaba el bajo. Después lo nombraron en los 90 en la Secretaría de Cultura, donde fue el segundo de su padre. Pero todo empezó mucho antes.

Estábamos todos exiliados en la distancia. Cuando nos juntábamos los músicos chilenos, uruguayos, argentinos, paraguayos, bolivianos, tocábamos con mucha vehemencia, sobre todo, la música latinoamericana. Yo me acuerdo que tenía los dedos rojos de la violencia con la que tocábamos.

Ahí me reencontré con José Luis Castiñeira de Dios. Empezamos con él y con Omar Espinoza a imaginar una formación donde se unieran musicas clásicas de grandes compositores con repertorio latinoamericano. Así nació el Cuarteto.

El repertorio del concierto que damos en la Universidad es diferente al que hemos tocado hace 15 años. Me encanta Neuquén. Tengo muy buenos amigos. Tengo una felicidad muy grande de haberme reencontrado con viejos amigos como Diana Kallman, a sus hijos. Uno de ellos,  Lautaro, me va a hacer el sonido en esta presentación.

Son cosas fuertes, ¿no?. Porque los quiero a todos ellos. Y sé que el público…(se calla)… creo que me quiere.

“Llueve, hermano”

La primera vez que toqué en una cárcel fue un poco difícil. Fue en el 1984 en la ciudad de Marsella. Había un director de una cárcel muy duro que era un melómano empedernido y un fanático mío. Yo le escribí una carta diciéndole que en “Música Esperanza” estábamos por comenzar un ciclo de conciertos en las cárceles y que yo estaría dispuesto a ir a la suya y  tocar.

Entonces, él me contestó una carta muy formal “Apreciado maestro. El reglamento no lo permite pero yo tengo tantas ganas de estar con usted. Venga a Marsella. Tengo ganas de invitarlo a comer en el puerto mariscos”. Yo le contestó que no comprendía los reglamentos que impedían que haya música en una cárcel.

Luego, una vez, yo estaba tocando tocando cerca en un festival y se me ocurrió preguntarle al afinador que me acompañaba si al día siguiente me daba un piano porque tocaba en la cárcel. Él me dijo que me llevaba uno. Entonces, lo llamó al director y le digo que estaba por ahí. “Uy, Maestro, ¡qué felicidad!. Almorzamos mañana en el Puerto. Lo invito yo a comer lo que quiera”. “No, invitame a dónde yo yo quiero comer, que es la cárcel. “No, maestro, por favor”. Fue una cosa complicada porque tenía que convencerlo que no iba a pasar nada, que no me iban a matar ni tomar como rehén.

Voy a comer y el piano ya estaba en la puerta de la cárcel. Nadie lo sabía. Yo le dije: “Mirá, yo voy a tocar”. “No, pero usted no sabe lo que son estos asesinos. Capaz que lo atacan a usted”. Yo le digo que tengo espaldas grandes y que sé defenderme. Lo convencí pero puso guardias por todos lados.

Mi presencia se anunció de imprevisto y se llenó. Pero se llenó con presos que eran mafias. Varios grupos que estaban separados y por primera vez se podían juntar. Hablaban todo el tiempo. Estaban como en un reunión.

Yo les digo: “Para la música hace falta silencio. Les voy a tocar un tema de Juan Sebastián Bach, no sé si lo conocen, que es algo muy bello”. Uno de ellos me dice que me lo meta ahí y pregunta que venía a hacer en ese lugar. Yo seguía hablando como si nada. Escuchaba pero no contestaba. “Si alguno tiene una imagen después me la dicen”. Me contestan lo mismo.

En medio de todo ese barullo, me siento y me pongo a tocar. Y cuando termino surge una historia maravillosa. Pregunto si había surgido alguna imagen y me contestan groserías. “Yo soy muy tenaz y aunque ustedes no quieran yo  voy a volver a tocar esta obra para que lo escuchen porque esta vez no lo escucharon”.  Hubo varios que dijeron “Pero este señor es muy simpático, muy agradable y encima con el nombre que tiene viene a tocar acá. Hagan silencio”.

Termino de tocar por segunda vez y unos de la primera fila me piden que la vuelva a tocar. “Que hermosa música”. Lo hago y ya había un poco más de silencio. Cuando finalizo, se para un tipo del que mi vieja hubiera dicho “Pero que cara más desordenada tiene ese mozo”. Tenía la nariz torcida, le faltaban los dientes, una melena enmarañada. Se para y me dice: “Llueve, hermano”. Yo creí que estaba loco y le digo: “Tenes razón, llueve”. “¿Me estás tomando por loco?”, me dice con un fuerte acento africano. “No”. “¿Pero tú no te das cuenta que cuando empieza a sonar ese piano, empieza a llover y estos tarados no entienden nada porque no escucharon. Esa música llueve. Es agua. ¿Vos sabes que la primera vez que tocaste mientras estos hablaban, yo estaba fascinado por tu mano izquierda. Vengo de Senegal en una zona desierta pero cuando llueve, llueve muchísimo, entonces a las cosas hay que poner las cosas al abrigo. Y su mano izquierda iba haciendo ese trabajo, cuando algo se caía, usted volvía, lo recogía y lo ponía de nuevo al abrigo. Y la tercera vez que tocaste, yo era tu mano izquierda. Me llevaste a mi tierra”.

Bien, esa es la historia. Así fue la primera vez que toqué en una cárcel.

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