2 de abril de 2012

“Malvinas. Una voz, de principio a fin” – SEGUNDA PARTE

“Yo creo que no hay ningún ser humano que esté preparado no para la Guerra, sino para morir”. Con esta frase tan dura, propia de alguien que ha estado en lugares donde como la muerte ha dejado su esencia, Ángel Huenchul daba el cierre a la primera parte  de la entrevista “Malvinas, una voz de principio a fin”.

Huenchul trabaja en la actualidad en la Facultad de Economía y Administración de la Universidad Nacional del Comahue. Prensa UNCo conversó con él días antes que le dieran un reconocimiento como Veterano de la Guerra de Malvinas, junto a Omar Luquez, en el marco de los 30 años del Conflicto Bélico.

En esta segunda parte de la entrevista, habla sobre los primeros días en las Islas, los combates, como recibían el apoyo del pueblo argentino y el “vamos ganando”, entre otras cuestiones.

Al igual que en la anterior entrega, se han dejado sólo las palabras de Ángel.

 

Durante la Guerra

Cuando llegamos a la Isla, tuvimos un accidente en el Hércules donde se cae un compañero descargando armamentos, bajo la rampa del Hércules. Yo tengo que arriesgarme a sacarlo debajo de la rampa porque sino iba a ser apretado por el propio avión. Ese hombre se llama Julio Capandegùi.

Ese fue el primer momento crítico que tuvimos que vivir ni bien estábamos llegando, desembarcando. Se salvó milagrosamente este muchacho. Se había enredado en el casco que llevaba puesto. Fuerte viento, mucha lluvia y mucho frío. El mismo viento lo sacó de la rampa. No nos habíamos puesto el arnés. Él, en la desesperación por pararse, pisó el casco, volvió a caer y casi el avión le pasa por encima. Yo me arriesgué. Largué todo lo que tenía y lo agarré de los hombros, de la solapa de la chaqueta que tenía y lo tiré hacia fuera. Nos tiramos tipo rollo, afuera del avión.

Ese fue mi bautismo de la Guerra.

Luego, pasamos a integrar las Tropas Especiales del Regimiento 601, los comandos. Nosotros éramos gendarmes. Éramos integrantes del Escuadrón Alacrán. Allá pasamos a ser tropas aliadas con la 602 del Comando. Trabajamos con ellos todas las operaciones.

Nuestra primera consigna fue trasladarnos a Ganso Verde. En el trayecto fuimos derribados en el helicóptero que nos trasladaba. El primer helicóptero cae con 18 militares, 18 compañeros. Yo voy en el segundo, donde mueren 6 compañeros míos, de mi pueblo, Esquel. Cuando llegamos, el primer helicóptero había explotado. Se pudieron salvar 12 compañeros, que escaparon de las llamas.

En otras palabras, la primera noche que salimos mueren 6 compañeros de mi escuadrón, de un total de 42 combatientes.

Nosotros estábamos en tierra, en Malvinas. Ni nos habíamos enterado que habían hundido al Belgrano. Esa información no la teníamos nosotros. Nos enteramos cuando llegamos al continente o cuando estábamos prisioneros en el Canberra. No recuerdo. Esa información no la tuvimos.

La misión de mi escuadrón era de grupos muy reducidos, de 17 o 20 tipos. Era salirle al cruce al avance británico. Ellos siempre nos superaban en cantidad de hombres. Venían muchos más. No eran, como la gente piensa, combates cuerpo a cuerpo.  El combate cuerpo a cuerpo es cuando alcanzas a divisar al enemigo, cuando vos lo ubicas más o menos. No es que los degollaban y cosas así. Eso era cuando estabas prisionero, para imponer el poder del miedo. Tal como se ve cuando le pegan un tiro al Cabo Carrizo en “Iluminados por el fuego” y está vivo ese hombre. Era para producir el miedo y para que las tropas puedan obedecer.

Yo no tuve la oportunidad de ver a un tipo que venía a acuchillarme. Yo caigo prisionero el día que termina la Guerra. Nosotros llegamos a la Guerra ya con los combates iniciados. Los ingleses ya tenían parte del territorio dominado.

Igual, sentimos el “Vamos ganando”. Creo que en algún momento ganamos. Era una guerra con varios combates y algunos combates ganamos. Lo que sí teníamos claro era que en esa Guerra estábamos solos. No teníamos ningún aliado bélico. Sabíamos que Gran Bretaña estaba amparada bélicamente y ayudada por Estados Unidos. Le habían prestado la Isla Asunción de donde despegaba todo el grueso bélico. Inglaterra tenía el apoyo de otros países europeos.

Eso lo termino de confirmar cuando caigo prisionero en el Canberra, que es un trasatlántico grandísimo, donde me encuentro con irlandeses, españoles, portugueses y un montón de nacionalidades que habían combatido contra argentinos.

Los gurkhas eran los que abrían las cabezas de playa los que tocaban tierra firme. Ellos se morían de frío como nosotros. No eran sobrehumanos. Eso también era parte de sembrar miedo en la guerra. Te decían que son temibles. Es parte del circo de una guerra. No había nadie que era superhombre. Más con el frío y todo eso. Ellos venían en el helicóptero. Los dejaba en el terreno y después los venía a retirar en algún momento de la tarde. Hacía el relevo de las tropas. El que quedaba ahí se moría de frío. Tampoco tenían ese sistema de abrigo que decían. Eso era mentira.

La Guerra en sí fue muy dura. Nosotros sufrimos mucho frío. Dormíamos en la intemperie. Cuando salíamos a combatir en la primera línea eran unas noches eternas. Se oscurecía a las cuatro de la tarde y se amanecía recién a las nueve de la mañana. Eran muchas horas de noche. Los combates eran muy terribles. Se sentía mucho miedo.

Con respecto a las donaciones que hacía al pueblo, hay algo que la gente no sabe. En Malvinas estábamos estratégicamente distribuidos en la primera línea, que era la que más retirada estaba de Puerto Argentino, a mas o menos 14 kilómetros. Fue la que recibió los primeros combates, en una zona de la costa del mar, en las playas. Después estaban las segundas líneas, que estaban a seis, siete kilómetros de Puerto Argentino. Y después estaban las terceras líneas, que estaban sobre el cordón del Puerto. Y digo esto para que se entienda que la distribución de las comidas a las primeras líneas era casi imposible llevarlas.

Los abrigos, los chocolates y alguna botellita de licor que venían en unas petaquitas de whisky se recibían. Mucho no te puedo hablar de eso. Las Malvinas son muy grandes y cada veterano, cada hombre, vivió una situación distinta. En mi escuadrón, recibimos todas las donaciones. Nos mandaban guantes y gorros de lana, chalinas, medias, cancanes, calzoncillos largos. Realmente recibimos todo eso. Nosotros íbamos hasta las primeras líneas y después de combatir uno, dos o tres días, volvíamos a Puerto Argentino, donde nos alimentábamos y nos cambiamos con ropa seca y, para poder salir a combatir de nuevo.

Caí prisionero el día 14 de junio a la mañana en el Monte Dos hermanas.

Y cuando caigo prisionero, en realidad estaba contento de que se haya terminado la guerra, que yo había quedado sano, no tenía muchas heridas, sólo algunas esquirlas. Estaba sano. Estaba con vida. Había visto como habían muerto mis compañeros en el campo de batalla, prácticamente abandonados en las estepas. No recibieron sepultura. Nadie lo podía retirar del lugar del combate. No fueron dignos ni de un cajón ni de taparlos ni envolverlos ni nada. Quedaron dispersos en el campo de batalla.

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