31 de marzo de 2012

“Malvinas. Una voz, de principio a fin” – PRIMERA PARTE

Su nombre es Ángel Andrés Huenchul. Nació en la Provincia de Río Negro, en Ingeniero Jacobacci. A los dos años fue adoptado entre familias. “Me adoptó mi abuelo en común acuerdo con mis padres”, cuenta.

Se trasladó a la localidad de El Bolsón, donde estuvo con su familia adoptiva hasta los 16 años. Allí estudió la Primaria en Paraje Los Repollos y parte de la secundaria en una escuela hogar de El Bolsón, de donde egresó de una establecimiento de extensión cultural como Maestro especial de Grado, especialidad Carpintería”.

Su historia podría ser la de uno más y pasar hasta desapercibida. Sin embargo, la mayoría de los que lo conocen saben de ella. Una historia que hoy, a tres décadas de haber ocurrido, ya puede contar sin emocionarse: su participación en la Guerra por las Islas Malvinas.

Huenchul se desempeña como no docente en la Facultad de Economía y Administración de la Universidad Nacional del Comahue. El pasado viernes 30 de marzo fue homenajeado junto a su compañero de trabajo, Omar Luquez, en un acto donde se descubrió una foto conmemorativa. Hecho que ambos celebraron.

Prensa UNCo conversó con Huenchul días antes de recibir dicho reconocimiento. Durante la charla se abordó el conflicto en tres partes: el antes, el durante y el después.

La entrevista será publicada, en consecuencia, en tres partes consecutivas. En cada una, se ha dejado solamente el testimonio de Ángel, en sus propias palabras. Y a continuación se podrá leer la primera de ellas.

 


Antes de la guerra

Cumplí los 18 años y me fui a vivir con mis padres biológicos a Esquel. En realidad, me incorporé a Gendarmería Nacional en El Bolsón y me trasladaron a Esquel. Hice unos cursos de formación profesional, por ejemplo, andinismo, supervivencia y buzo. Y estando eso, se vino el tema de la Guerra de Malvinas.

La decisión de incorporarme a las Fuerzas Armadas fue porque en ese momento la sociedad ya estaba bastante militarizada. Veníamos de muchos años de gobiernos militares. Yo tenía un respeto por el uniforme. Me parecía que era una carrera buena y como maestro ganaba muy poco, por supuesto. Por eso, decidí unirme a Gendarmería.

La Instrucción era bastante fuerte por aquel entonces. Los primeros años recibimos instrucción alemana. Después de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes quedan como instructores para militarizar las tropas. Cuando se empieza a hablar de la guerrilla, en sí, los ejércitos norteamericanos organizan las tropas especiales para la guerrilla. En ese entonces, la mayoría de los oficiales argentinos recibía la instrucción en Estados Unidos o con Estados Unidos en Centroamérica. Está instrucción se vio reflejada luego bajo la figura de Patrullas, casi no tan organizado en el monte.

Eran fuertes las instrucciones y éramos fuertemente castigados si algo nos el mal. Era combatir un enemigo que no se sabía donde estaba. Era la guerrilla de patrullas, saltos, emboscadas, y demás cosas que se daba en la instrucción.

Yo no tuve que combatir con ellos. Recibí la instrucción militar nomás para, supuestamente, posibles combates. Igual, nos estábamos entrenando por el conflicto que podía desatarse por el Canal de Beagle.

La Guerra de Malvinas comenzó a gestarse cuando empieza la fabricación militar. Se estaban fabricando aviones en Córdoba y tanques de guerra, los famosos SOFMA, que en aquel momento eran los cañones con más tecnología que podía tener la República Argentina con un alcance casi 40 kilómetros. Retuvieron un poco, luego, el desembarco británico en las Malvinas.

Fue con estas fabricaciones que nos dimos cuentas de lo que se venía. Había que justificarse. El Gobierno de Facto que había necesitaba entregar el Gobierno airosamente para poder volver a instalarse en el poder. Fue, más que nada, una estrategia para perpetuarse en el poder.

Después del Acto en Plaza de Mayo, al enterarme de que habíamos recuperado las Islas Malvinas, yo creo que te inculcaban tanto sobre la soberanía, la patria y la presencia del ser argentino en esos momentos, que todos nos pusimos contentos. Por eso, la gente salio a manifestarse.

Un pueblo que quizás estaba bastante sumiso, bastante ignorante sobre lo que estaba pasando fue lo que implicó que en aquella mañana se festeje tanto. Fue el país a festejar la toma.

En teoría, siempre cuando te preparan en lo que es la instrucción militar es para una posible guerra. Y esa es la instrucción que uno recibe como militar. Yo me sentí muy feliz y más feliz me sentí cuando salí convocado para ir a la Guerra. Era como que lo que estaba haciendo como militar estaba bien hecho. Fui con mucha fe, con mucho orgullo, a defender nuestra soberanía.

Antes de partir no pude comunicarme con mis familiares, porque estaba cubriendo la zona de frontera, en el Paraje Futa Leufu. Mis padres vivían en Esquel y en El Bolsón. Dos familias queridas. La notificación llegó a las seis de la tarde y a las cuatro de la mañana yo ya estaba en un colectivo rumbo a Comodoro Rivadavia.

Dos o tres días después, luego de hacer un curso de armas pesadas, fui embarcado en un Hércules a las 9 de la mañana para, finalmente, desembarcar en Puerto Argentino a fines de abril, con la Guerra ya iniciada.

Nosotros empezamos a palpitar la Guerra cuando subimos al Hércules. Íbamos todos sentados en el piso. Después de no recuerdo cuantas millas de altura, pasamos a sobrevolar nivel ola, casi tocábamos el mar. Cuando entraron los primeros oleajes, todas las chispas de mar dentro del Hércules, empezamos a palpitar que ya estábamos en una guerra.

Y ya se empezaban a palpitar los miedos. En una guerra, lo primero que se siente es, justamente, el miedo.

Yo creo que no hay ningún ser humano que esté preparado no para la guerra, sino para morir. Cuando uno entra a la guerra tiene un gran porcentaje de posibilidad de que pueda morirse. Para pasar a combatir, para entrar a la guerra, uno se tiene que entregar a morir. Porque si no, no combate. Y el miedo es más fuerte.

Por eso, los que van a pasar a la guerra, los que van con un arma portátil, con un arma que es móvil, tienen que entregarse un poco a morir para superar el miedo. Si no, queda inmóvil. Es imposible que un hombre asustado pueda entrar a combate.

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